🌤️
--°C
Chihuahua
USD/MXN
Opinion

“Entre el juego y el poder: la otra competencia”

La presentación de los Dorados no solo fue deporte… fue política en primera fila.

Administrador General
15/04/2026 10:33
“Entre el juego y el poder: la otra competencia”

La presentación de los Dorados no solo fue deporte… fue política en primera fila.

Ahí estaban: Marco Bonilla Mendoza y César Jáuregui Moreno, dos de los perfiles más fuertes del PAN, para ocupar la Gubernatura del Estado de Chihuahua y la alcaldía de la capital, ambos, compartiendo reflectores en uno de los escenarios más simbólicos del estado.

Y entonces surge la pregunta incómoda:

🤔 ¿De verdad fue coincidencia… o alguien mandó un mensaje muy claro?

Porque en política, nada es improvisado.

Y menos cuando se trata de un evento como este, donde la emoción de la gente se convierte en vitrina perfecta.

La jugada parece fina:

👀 Dejarlos lucirse

👀 Medirlos

👀 Ponerlos frente a la gente

Todo bajo la mirada de la gobernadora Maru Campos

¿Piso parejo… o competencia controlada?

——-

Y hablando de aspirantes y deporte , se dice que en política, hay errores que no se cometen… se exhiben. Y eso fue exactamente lo que ocurrió con el actual secretario de Desarrollo Humano y Bien Común, Rafael Loera, quien —dicen en corto— “se le fueron las cabras” en el momento menos oportuno.

El escenario parecía inofensivo: un juego de Los Caudillos, ambiente relajado, gradas llenas y sonrisas fáciles. Pero en la política chihuahuense, hasta una foto puede convertirse en dinamita pura. Loera, quien no ha ocultado sus aspiraciones por la alcaldía de Chihuahua, decidió compartir en sus redes una postal que hoy sigue dando de qué hablar: aparece junto al empresario Sahir Rentería, vinculado en los corrillos políticos al círculo del alcalde morenista Cruz Pérez Cuéllar. Como si eso no bastara, también figuraba en la imagen Aaron Aragón, rostro de un programa identificado con el propio edil juarense.

Hasta ahí, podría tratarse de una coincidencia social, de esas que abundan en eventos públicos. El problema no fue la foto… sino lo que vino después.

Minutos. Eso fue lo que duró la publicación antes de desaparecer. Un borrado exprés que en política rara vez significa descuido; más bien huele a llamada incómoda, a jalón de orejas, a control de daños. Porque cuando alguien sube algo y lo elimina casi de inmediato, no borra la evidencia: la confirma.

La pregunta es inevitable: ¿qué mensaje quiso mandar —o sin querer mandó— Rafael Loera? En un momento donde la lealtad partidista se mide con lupa, dejarse ver tan cercano a perfiles ligados al morenismo no es un detalle menor, especialmente formando parte del gabinete de Maru Campos. Más aún cuando su proyecto político personal comienza a tomar forma.

En los pasillos del poder, cada vez se comenta con más frecuencia que Loera ha comenzado a marcar distancia, a construir su propia ruta, incluso si eso implica incomodidades dentro del panismo estatal. Sus movimientos —unos más calculados que otros— parecen dibujar a un personaje que ya no se siente atado del todo a la línea oficial.

¿Estrategia o descuido? ¿Rebeldía o simple torpeza política?

Lo cierto es que, en tiempos donde cada gesto cuenta, Rafael Loera decidió jugar —literalmente— en una cancha donde las reglas no perdonan. Y aunque intentó borrar la jugada, el marcador ya cambió.

La duda que queda flotando en el aire no es menor:

¿ya le vale… o apenas está empezando a mostrar sus cartas?

——-

La tragedia ocurrida en Chihuahua no debería leerse como un accidente aislado. La muerte de un jinete de 21 años, derribado y brutalmente golpeado por un toro en pleno evento, vuelve a exhibir una realidad incómoda: hay espectáculos donde el peligro no es un imprevisto, sino parte esencial del show.

Porque en el rodeo, el riesgo no es colateral… es el atractivo.

Durante años se ha romantizado la figura del jinete: valentía, tradición, adrenalina. Se vende la idea de que subirse a un toro es una prueba de carácter, casi un ritual de identidad del norte del país. Pero detrás de esa narrativa hay una pregunta que pocas veces se formula con seriedad: ¿cuánto de ese “valor” es realmente decisión libre y cuánto es presión cultural, económica o incluso falta de alternativas?

Lo ocurrido —un joven derribado en segundos, golpeado sin posibilidad de reacción y auxiliado demasiado tarde— no es un hecho extraordinario dentro de este tipo de eventos. Es, más bien, el recordatorio de lo frágil que es la línea entre el espectáculo y la tragedia.

Y entonces surge el debate recurrente: reforzar medidas de seguridad. Cascos, chalecos, protocolos, tiempos de reacción. Todo suma, sí. Pero también hay que decirlo con claridad: en una actividad donde un animal de cientos de kilos actúa por instinto, el margen de control es limitado. La seguridad puede reducir riesgos, pero difícilmente puede eliminarlos.

El silencio se apoderó del recinto tras el accidente no solo fue por la conmoción del momento. Fue, en el fondo, un silencio que refleja algo más: la conciencia colectiva de que todos sabían que podía pasar.

Y pasó.

Hoy, más allá del luto, la pregunta sigue en el aire: ¿esto fue una tragedia inevitable… o una que seguimos permitiendo?

Etiquetas: #Opinion